Todos envejecemos, sí… se nos cae el pelo (a otros, a mí no) y nos volvemos un poco cascarrabias… contamos historias de cuando teníamos más pelo y nos mostrábamos un poco menos cascarrabias.
Y es que hoy, precisamente, les voy a contar una de esas historias de cascarrabias.
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Comentario:
D. Martín: vaya por delante mi enhorabuena por la firmeza de su pelo -a mi hace tiempo que el peluquero me ofreció descuento-. Respecto a las cavilaciones finales de su amena opinión, permítame aportar mi granito de arena por si pudiera serle de utilidad. Para ello no utilizaré la propia sapiencia, sino que tomaré prestada la de mi abuelo que era descendiente directo de Séneca. Según él, lo que ocurre con estos jóvenes no es que han perdido el oído, sino que están muy hartos de pan y muy faltos de hostias.
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