Es una ventaja de las editoriales que no tienen ni las discográficas ni los estudios cinematográficos: sus clientes que no son asiduos de las redes P2P y entre quienes ponen material en internet hay en general menos entusiasmo por sus productos.
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Comentario:
Vamos a ver si nos dejamos de teorías y somos realistas: actualmente, tanto las editoriales como la prensa escrita se encuentran ante un dilema de casi imposible solución. Se trata de que una vez editada electrónicamente, cualquier obra es reproducida y transmitida a coste cero, y los mecanismos de protección son un arma de doble filo. En primer lugar, porque todos son vulnerables y en segundo, porque como bien describe el artículo, el nivel de dificultad y complejidad de los mecanismos correspondientes, acaba disuadiendo a los potenciales clientes.
El argumento de que hay que bajar el precio para que no merezca la pena copiarlo es en sí bastante estúpido por varias razones. La primera es porque por muy bajo que sea, siempre encontraremos a muchos que buscarán mil y un argumentos para no pagar por la obra. Empezando por la simplísima razón de que NO tienen dinero -verbigracia estudiantes- y por supuesto, para casi todo el mundo, el no tener dinero no tiene absolutamente ninguna relación con su "derecho" a disfrutar de la obra. ¿Porqué voy a pagar siguiera 3 Euros por una obra si puedo tenerla gratis y gastarlos en una cerveza?
La segunda es que dejar a la buena voluntad del público la opción de pagar o no por nuestro trabajo, no es demasiado justa aunque a alguno le parezca muy "social". Sobre todo, porque como decía un amigo, hay más hijos de puta que gente.
Toda esa historia del copyleft, del freeware y demás "modernuras", está muy bien para los que escriben o producen como hobby, pero no para los que tienen que ganarse la vida con ello. Por ejemplo, es muy cómodo ser agregado o numerario en una Univsersidad, escribir una novela en los ratos libres y después de tener el ordenador abarrotado de software ilegal, andar pontificando sobre las bondades de los libros casi gratis.
La opción razonable y justa sería que autores y editores establecieran libremente el precio de sus obras y que el público tuviera que pagar ese precio o abstenerse de su disfrute. Desde luego, y por la cuenta que les trae, ya se encargarían de estudiar en qué punto la curva precio/unidades-vendidas ofrece su máximo rendimiento. El problema es que la variable si-no-lo-compro-lo-copio, desbarata la ecuación y convierte el negocio en ruinoso.
Naturalmente, los poderes públicos, que están para proteger la propiedad privada, deberían ser los encargados de que esta última no fuese opción. Pero nos encontramos con el problema de cómo atajar cientos de miles de pequeños hurtos -que ni siquiera tienen consideración penal- y que en la práctica resultan casi imposibles de perseguir. Máxime con la mentalidad actual en la que. Por ejemplo, los manteros son considerados casi como modernos trasuntos de Robin Hood y gozan de las simpatías de todo el que se considera medianamente "progre".
En mi opinión, no debería haber delitos pequeños, y apropiarse de lo ajeno, fuese lo que fuese, debería ser acompañado de un castigo de entidad suficiente como para que la acción no resultara rentable. Una vez aplicado este principio, aunque cayeran pocos, se correría la voz y "por si acaso" más de uno preferiría comprar o abstenerse. La consecuencia es que desaparecerían los inconvenientes de las protecciones y además, bajarían drásticamente los precios. Lo demás es como siempre, aplicar el parche en el sitio equivocado y por si fuera poco, dar lecciones non petitas a los que son precisamente las víctimas de nuestra falta de honradez. ¡Que bonitos se ven los toros desde la barrera!